Entre las muchas historias que Gabo contó a lo largo de su carrera, hay una que cobra un significado especial para nuestra familia.
En el año 2021, después de varios años fuera de Maracaibo, mi hermano Erick regresó a jugar fastpitch en su ciudad natal. Con más madurez y presencia en el pitcheo, se encontró en situaciones de máxima presión: bases llenas y sin out, momentos en los que todo parecía perderse… contra bateadores difíciles en ese entonces y sin embargo, de alguna forma salía adelante.
Fue Gabo quien observó esos instantes y, con su aguda sensibilidad periodística, registró esos episodios con palabras que capturaban la esencia del juego. Para describir la forma en que Erick conseguía escapar de esas situaciones complejas, Gabo lo apodó con un nombre: “Houdini, el escapista” en referencia a Harry Houdini, el legendario maestro del escapismo. Ese apodo no sólo resaltaba la capacidad de alguien de salir de aprietos bajo presión, sino también la forma en que Gabo entendía el deporte como narrativa humana, con sus giros, tensiones y sorpresas.
Ese epíteto o crónica nacido en esos pocos días; donde ejerció el periodismo solo para transmitirlo hasta Buenos Aires, no fue casualidad: era el reflejo de cómo Gabo veía más allá del juego y las estadísticas, captando el carácter, la resistencia emocional, y la historia humana detrás de cada juego.
Un legado de humanidad y deporte
Hoy recordamos a Gabo no sólo por su voz y su trabajo, sino por cómo conectaba a los atletas con sus historias personales y emociones, y cómo compartía esas historias con todos nosotros. Su aprecio por quienes jugaban, su entusiasmo por narrar las batallas dentro y fuera del campo, y la forma en que conectaba esas narrativas con quienes escuchábamos desde lejos, hablan de un periodismo con corazón.
Gracias, Gabo, por esa mirada y esa palabra que no solo contaban resultado, sino que hacían sentir el deporte como vida. Que en paz descanses.
